Historia.

Empezaré desde el principio, para bien o para mal.
Nací en una pequeña aldea de la localidad de Santa Comba (la Coruña) hace 32 años. Cursé estudios primarios en dicha localidad y también el bachillerato, la verdad, no con malas calificaciones, pero desde mi infancia, la madera iba a ser mi destino. En nuestra casa, como en muchas otras por aquel entonces, mi padre hacía algunas cosas de carpintería, como pequeños bancos, mangos de herramientas, etc. Lo cierto es que también le gustaba la madera pero debido a estar en malos momentos de salida comercial, optó por un contrato minero.
A la edad de 8-9 años, procuraba irme a donde se encontraba el banco de trabajo, para destrozar el filo de las herramientas que había en tablas viejas y sin limpiar. El condenado del cepillo no me sacaba una viruta como las de mi padre ni de coña, pero algo de polvo hacía. Hay que tener en cuenta que me subía a una caja vacía de gaseosa vuelta del revés, puesto que no llegaba al banco bien. No es que hiciera daño a nadie, pero ahora entiendo a mi padre cuando mi pequeñaja se acerca a mis gubias a menos de 2 metros... ¡Qué razón tenía! No hace daño, pero por si acaso...
Todo siguió así durante un tiempo; estropeando herramientas y malgastando clavos. Cuando por casualidad mi padre llegaba a casa y necesitaba hacer algo con clavos, también por casualidad, nunca los encontraba.
  Y en una ocasión, al pasar por casa de un vecino, camino de una finca con las pocas vacas que había en casa, acompañado de mi maravillosa abuela, vi que éste se estaba desaciendo de una pequeña cuna de madera; ésta tenía un cabecero tallado con las figura de un niño durmiendo con una luna que se veía a través de la ventana. Tanto me impactó que le dije si me lo prestaba y luego se lo devolvería.
   De buen corazón, separó el paño del resto, pues estaba renovando mobiliario y lo estaba deshaciendo para quemar, y me lo entregó. "Llévatelo, es para tí; haber si consigues hacer uno así", me dijo. Cosa que hice nada más llegar a casa, pero no fue tal cual. Ahora veréis el procedimiento, contando entonces unos 11 años.
  No hace mucho, econtré la que fue realmente mi primera talla, y también ese paño de la cuna. Está hecho como punzando con un formón de 12mm y una gubia 3/25, la única que poseía mi padre, que tampoco estoy seguro de si se la compró él o si era herencia familiar. Eso sí era talla cincelada. No obstante, el contorno, para 11 años, no lo había hecho nada mal.

   Más o menos al año siguiente, teniendo en cuenta que la cronología no es del todo precisa, aunque sí los acontecimientos, por casualidad, alguien vino a mostrar a mi padre una maqueta del típico carro de vacas gallego, hecho con piezas de cajas de frutas y de cigarros puros. No se me fue más de la cabeza la idea de hacer uno igual. Gracias a que el dibujo sí se me daba bastante bien incluso a esa temprana edad, antes de que se lo llevaran, lo dibujé y anoté las medidas en una libreta, pero quería hacerlo con la madera apropiada para ello, y entonces le pedí a mi padre que me llevase a aserrar una tabla de roble en un grosor de 1 cm., cosa que no tardó en hacer. Lo hice en las vacaciones de Navidad de ese mismo año, y no pintó nada mal para un niño de 12 años. Podéis ver las fotos. Luego, como le gustó a mi padre, me ayudó a hacer el resto de aperos de labranza correspondientes a la época dorada de este progenitor de "Fliegel". Algunos de los que veáis las fotos y entendáis del tema, sabréis que le falta la escalera delantera, cosa  que me gustaría explicaros a continuación.
   En mi lugar de trabajo, junto con otro compañero decidimos participar en una ocasión en una competición de coches adornados de mi localidad. Pronto nos pusimos manos a la obra. Sobre un 205 ya entrado en años confeccionamos un rancho, con animales, cabaña, carro aperos y todo. Cuando acabó la fiesta, en la que injustamente quedamos en 2 lugar, el chico se llevó su coche a casa con toda la preparación, y su padre, el pobre, no supo distinguir la leña que había sobre el carrito, de la escalera y tiró todo al fuego sin darse cuenta. Bueno esta es la verdad sobre la corta vida de la escalerilla. Ahora seguiré con mi evolución.

   Después de que los vecinos fueron sabiendo que podía hacer ciertas cosas con la madera, sin querer me ayudaron a perfeccionarme poco a poco con sus encargos de: un mango para un martillo, otro para una hazada, otro para un hacha, otro para una paleta, etc. como estaban de oferta...
    Sin darme cuenta, he ido aprendiendo lentamente a trabajar con el cepillo, la escofina y sobre todo la lija de papel que mi padre me compraba en hojas verdes, que no recuerdo la marca, pero lo que sí recuerdo ahora es que, la que traía grano, le duraba hasta que tocaba la madera y las más ya venían sin ninguno de llevar años y años en la ferretería. El número de grano, no me acuerdo, pero sería lo más fino que salía de la cantera de Ponciano Nieto... ¡Cómo cambia el mundo! Y todo esto sucedió hace unos 18 años más o menos. A veces me imagino cómo será el mundo cuando yo me jubile...

Los años fueron pasando y los estudios me fueron cercando el espacio. Cuando llegó el momento en el que los tutores del bachillerato te preguntan acerca de tus intenciones para asesorarte, la mía fue atendida con suma delicadeza, dándome datos de dónde estudiarla, donde ir exactamente para matricularme, etc. Pero al llegar a casa y exponerlo, mi muy consciene y sensata abuela y madrina, me explicó detalladamente que en nuestro estado no se podía costear la estancia tan lejos de casa y poco a poco me convenció. Tras convencer también a uno de mis profesores y la secretaria del instituto de la situación, pronto todo se olvidó.
Un par de meses más tarde, decidí irme a trabajar a una carpintería, puesto que no podía estudiar, era consciente de que estaba perdiendo el tiempo y una noche le di vueltas acerca del trabajo que me gustaría; la cosa no estaba muy difícil, pues era lo que ocupaba la mayor parte de mi tiempo libre, entre otras cosas.
Mi padre no se hizo de rogar y en unos días pronto me hayé trabajando para un terco jefe. Claro está que de madera sabía más que yo, pero en otros ámbitos se mostraba muy poco ortodoxo. Recuerdo como si fuera hoy que mi primer consejo fue: "El tiempo es oro joven"- pronunciado mientras salíamos de una obra situada no muy lejos del taller. Por ese motivo cuando traté de subirme al camión de su propiedad unos minutos después para regresar al taller, oía "No hombre, tú y yo vamos caminando, que es bueno respirar el aire fresco y todavía queda mucho día por delante". Era cierto, sobre todo teniendo en cuenta que pasé allí 17 años.